Educar para Vivir Sanamente

mayela

Seis de la mañana de algún día de marzo de 1967, el inicio de una aventura estaba por comenzar, el largo camino del aprendizaje se iniciaba, era mi primer peldaño en la escalera del conocimiento y la llave que abriría la fuente de mi inspiración para lograr metas y sueños.

Mi madre, desde muy temprano apresurada y con verdadero entusiasmo nos preparaba el rico desayuno para que fuésemos a la escuela con “la barriga llena” decía ella “porque con hambre no se aprende nada.”

Acompañada por mis cuatro hermanos mayores y todos los chiquillos del barrio, caminábamos dos kilómetros hacia la escuela, eran tiempos seguros, donde la delincuencia y el exceso de tránsito aun no inundaban las carreteras.

Yo, una pequeña niña de apenas siete años, asustada, tímida y emocionada a la vez, estaba a las puertas de la bella Escuela Villalobos en Lagunilla de Heredia, con mi uniforme limpio y planchado lista para hacer frente a ese primer día de clases, sin imaginarme todo lo que mi querida maestra Horminta y la Directora Yolanda, estaban confabulando para que esa odisea fuese de provecho y de gran valía para que tanto yo  como mis compañeros lográramos el gran objetivo: ser ciudadanos capaces de honrar a nuestros padres y a la Patria que nos vio nacer. Ellas se empeñaron en darnos las armas del conocimiento cargadas de letras y números con las cuales descubriríamos el mundo y lo mejoraríamos.

Que día tan importante para cada ser humano ese primer día de clases, ese primer grado el que marca nuestra vida, el que nos permite dibujar los primeros garabatos de nuestro idioma nativo, que nos libera de la esclavitud del desconocimiento y la ignorancia para formarnos en lo académico y nos refuerzan los valores que nos inculcaron en nuestro hogar.

Al rememorar esta fecha, la nostalgia aparece y viene a mi mente ese dulce recuerdo y pienso en los miles de niños que están hoy con la misma emoción que sentí ese día, en circunstancias diferentes, porque los tiempos y las situaciones cambian, tal es así que los escolares:

  • Ahora van en bus o en carro, antes caminábamos a la escuela.
  • Ahora la gran mayoría no desayuna, lo hace en el primer recreo, lo que impide la atención en clase.  Antes el desayuno lo disfrutábamos.
  • Ahora las meriendas se compran en paquetitos de celofán, antes las meriendas eran las frutas que apeábamos de los árboles y las ricas tortas de soya que preparaba Miriam la cocinera, y siempre me las ingeniaba para comer una extra.
  • Ahora almuerzan en la soda escolar. Antes almorzábamos en casa.
  • Ahora duermen menos horas, debido a los dispositivos móviles, antes no había distracciones nos dormíamos tempranito.
  • Ahora se entretienen frente a los videojuegos.  Antes jugábamos en la calle o en el parque sin peligro alguno.

Al darse estas grandes diferencias en la educación actual con respecto a la de los años 60, se deduce que mucho se ha avanzado académicamente, los niños están preparándose para las exigencias de la era moderna y de la globalización, pero hemos decaído en la importancia de inculcarles a nuestros infantes el  buen hábito del ejercicio físico, la debida nutrición y las horas suficientes de sueño que necesitan para tener un cuerpo sano y mejorar su nivel cognoscitivo.

El no cumplimiento de estos factores está dando como resultado un porcentaje muy alto de obesidad infantil, y el peligro de la grasa visceral que es la grasa oculta que envuelve a los órganos principales; que significa que se puede estar delgado pero aun así no ser saludable, pues este tipo de grasa es la que se relaciona con enfermedades del corazón, hipertensión, diabetes, y algunos tipos de cáncer;  entonces me pregunto ¿lograrán estos menores realizar sus metas y sueños con los valiosos conocimientos académicos que están recibiendo, pero sin cuidar su mejor activo, su cuerpo?

Tratemos de salir al parque a jugar detrás de un papalote, correr tras las burbujas de jabón, patear la bola, en fin dedicar tiempo de calidad a nuestros niños y así nos ayudaremos mutuamente, esos momentos que compartimos con ellos son invaluables, no se necesita mucho dinero para hacer feliz a un niño, simplemente se necesita amor y tiempo de calidad.  No descarguemos nuestra responsabilidad a la niñera tecnológica, la factura que tendremos que pagar será muy alta.

Organicémonos en hacer meriendas y almuerzos nutritivos, hagamos que desde pequeñitos comprendan que es importante aprender a preparar los alimentos y colaborar en casa, de está manera serán más responsables y solidarios.

Recuerden, si queremos una sociedad más sana física y mentalmente debemos educar a nuestra niñez a invertir en su salud desde su tierna infancia, solo así  concretarán sus metas y sueños y gozarán de una sana vejez.