Huellas Positivas

mayela

Que nuestras huellas siempre sean instrumentos para el bien.

Las peripecias económicas a las que nos enfrentamos en diferentes etapas de nuestra vida,  y que se hacen más relevantes cuando los niños ingresan a su edad escolar, es lo que me motivó a ayudar a mi esposo (q.d.d.g.) en las finanzas familiares.

Debido a esto, mientras mis hijos iban a la escuela en la mañana, me esmeré por conseguir trabajo de medio tiempo en mi profesión como secretaria. En mi tarea de lograrlo, me lleve la sorpresa que equivocadamente en este país, después de los 35 años, los empresarios te consideran obsoleta e incapaz de ser productiva. En especial si se trata de una mujer que dejó de ser asalariada  casi trece años mientras se dedicaba a la profesión más hermosa, “mamá de tiempo completo”, época que disfruté al máximo.

Ante esta situación laboral y gracias a un chispazo de mi hijo Kenneth iniciamos en unas vacaciones de verano, la venta de helados caseros, en nuestro condominio.

Dicha idea se convirtió en un verdadero negocio, pues llegamos a tener una producción de aproximadamente  cien  helados por día. Por suerte, mis tres hijos colaboraban entusiasmados con este mini proyecto. A pesar de que ese negocio se terminó muchos años atrás, aún hoy nuestros vecinos nos solicitan que lo retomemos, pues aquellos niños que vaciaron sus alcancías y abandonaron las paletas de la Dos Pinos, añoran ese sabor casero de los famosos “helados de doña Maye”.

Mientras atendía esta pequeña empresa, logré ingresar al Colegio Lincoln como supervisora de bus. Dada la naturaleza de este trabajo, a las 5:30 a.m. iniciábamos el traslado de los estudiantes desde La Uruca hasta Moravia.

Agradecida con esta nueva oportunidad también surgió un nuevo reto: el poder continuar ejercitándome como de costumbre. Una solución bastante simple fue trotar del Colegio a mi casa en la mañana y viceversa en la tarde de lunes a viernes, es decir, unos 20 kilómetros diarios aproximadamente.

Así comprendí que las carencias hacen que esa fuerza interior salga a flote y busquemos las ventajas ante las adversidades. Como consecuencia  de estas recurrentes carreras, puedo decir que dejé alguna que otra huella positiva en algunos jóvenes que optaron por correr, siguiendo mis pasos.

Afortunadamente, después de algunos meses, el departamento de contabilidad del Lincoln me solicitó que  les ayudara ocasionalmente en algunas labores de oficina y trabajos especiales, lo cual acepté encantada y ayudó en gran medida a estabilizarnos económicamente.

Todo esto me despertó las ansias de superarme, y decidí ingresar a  uno de los mejores institutos estatales del país, el INA, pues no sabía ni encender una computadora. En este lugar me preparé para enfrentar los avances tecnológicos de la era moderna y gracias a ésta obtuve un trabajo como Asistente Administrativo en una Institución del PANI, donde albergaban a niños de la calle.

Así que para ese momento, después de estar desempleada, contaba con dos empleos y curiosamente ambos tenían que ver con niños y jóvenes pero en situaciones totalmente opuestas. Por un lado, el amor familiar y en otro el abandono en su máximo esplendor. Sin duda fue todo un reto, pero sabía que el destino y las circunstancias me habían llevado por ese sendero por alguna razón.

La experiencia al trabajar con el PANI, fue una bofetada en mi cara, era mirar esa realidad que sabemos que existe, pero que muchas veces decidimos ignorar. Era compartir con ese niño de 10 años destruido por la adicción a las drogas; con aquella niña de 12 años con cuerpo de mujer que se prostituye para comprar  chocolates. En fin eran muchos niños y adolescentes cada uno con historias de abandono y abuso.  No era un reportaje televisivo, era la expresión viva y concreta de nuestra sociedad, eran niños auténticos de carne y hueso rescatados de la calle viviendo experiencias que nadie debería de vivir.

Cuando regresaba a mi casa y veía a mi hija de 12 años, jugando feliz, sintiéndose amada y llena de dulzura e inocencia, la abrazaba y no podía evitar derramar unas lágrimas; eran esos momentos donde rogaba a Dios sabiduría para llegar al corazón de estos niños y ganarme su confianza.

Fue así como me propuse unir fuerzas para lograr metas concretas y poder ayudarlos a salir de su situación. En mi hora de almuerzo organizaba actividades de entretenimiento, tiempo que esperaban cada día con gran ilusión.

Mientras compartía con ellos,  comprendí que la única manera de llegarles a su corazón herido era con cariño verdadero, pues eran expertos en reconocer la falsedad. La calle les enseño a defenderse para poder sobrevivir. Por lo que sabía con certeza que necesitaban profesionales de vocación y no de planilla que demostraran el verdadero sentido de llevar ayuda a estos hijos de la calle, y ofrecerles una luz de esperanza para liberarse de sus ataduras.

Todo iba muy bien hasta que aparecieron los celos profesionales que no permitían una ayuda sincera de parte de una simple asistente.  A pesar de que me habían cortado mis alas, no me habían quitado el cariño hacia ellos, por lo que logré que al menos me permitieran ayudar a algunos jóvenes que tenían interés en el atletismo para que corrieran conmigo al mediodía. Fue muy satisfactorio verlos disfrutar de esa sensación de libertad que se experimenta al correr.

Todas estas pequeñas trabas laborales, sumado al exceso de trabajo, y el poco tiempo que compartía con mi familia, me hicieron verme obligada a renunciar con todo el dolor de mi alma.

La despedida fue realmente conmovedora, recuerdo que un niño especial me regaló su foto mientras me decía: “Tía para que no me olvide” y ahí mismo solté el llanto. Todos nos abrazamos y les hice saber que los llevaría en mi corazón por siempre, pues me regalaron lo mejor que  tenían, sus verdaderos sentimientos.

Algunos años después de esta despedida sucedió algo maravilloso, mientras caminaba por San José una voz fuerte y clara me gritaba “Tía, tía”. Al voltear, me lleve la gran sorpresa, era uno de los muchachos que solía correr conmigo, inmediatamente lo abracé muy emocionada, y me llenó de satisfacción ver la paz interna que reflejaban sus ojos.  Lo había logrado, era libre de su adicción.  Con una alegría que contagiaba, me describió cada detalle de su camino hacia la libertad, y los proyectos a futuro junto a su esposa e hijo. 

Es por esta simple razón que les he compartido parte de mis anécdotas surgidas por carencias, y que gracias a éstas pude comprobar cuanta riqueza poseía, que sin duda afirmaban más que nunca el hecho de que todo tiene un propósito.

Hoy puedo decir con seguridad que la vida es un constante crecimiento en medio de situaciones difíciles que nos guían por senderos espinosos y nos permiten que afloren nuestros sentimientos más profundos ante el dolor, y nos dan la oportunidad de ayudar de la manera más humana y sencilla, dándonos nosotros mismos como personas y así sin mucho esfuerzo dejar huellas profundas que guíen positivamente a quienes encontramos en nuestro camino.